NOVELA ROSA

Autora: Miguel Oscar Menassa

 

 

 
286 PÁGS.
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Editorial Grupo Cero
ISBN:84-85498-19-4

    I

  Todo me da miedo, ya que nada de lo que diga podrá estar alejado de mí sino la longitud de mi brazo derecho que es, normalmente, el brazo que extiendo para tocar más allá, de mis labios, un cuerpo.
  Evaristo nada sabía, pero vivía como un mutilado de guerra, reflexionaba y estaba todo el día sentado en la misma silla frente a una máquina de escribir con la que mantenía todo tipo de diálogos, hasta diálogos amorosos. Algo de no creer, ya que Evaristo tenía las dos piernas, los dos brazos, no padecía trastornos funcionales propios de su edad, 45 años, y sabía tratar a las personas con corrección y elegancia.
   Medía más de un metro ochenta, era delgado y sus rasgos angulosos y su mirada fuerte y juvenil detrás de su pelo entrecano lo hacían irresistible a toda mujer que ya conociera el amor .
   Sin embargo, Evaristo vivía como un mutilado de una guerra infernal en la que ni siquiera había participado.
   Cuando alguien le hacía referencia a esa realidad, él contestaba que si su muerte no era acaso el nombre de sus muertos, y en seguida se ponía a lanzar nombres de descuartizados, hombres directamente despedazados en la vía pública, mutilados a granel, multitudes de muertos reclamando un poco de paz.
   Después seguía sentado y volvía a reflexionar .
   También me dan miedo los que me vienen a preguntar por qué me quedo siempre a tu lado, yo nada les contesto, pero me aferro a ti como la única, última esperanza.
   Evaristo tenía sus propios deseos de libertad, pero seguía encadenado a su silla, a su máquina de escribir . De tanto en tanto levantaba la cabeza para mirar por encima de sus lentes, para leer y escribir, alguna escena de la televisión o de la vida, y luego volvía a enfrascarse en reflexiones sobre la manera de vivir, sobre la manera de morir de las personas de su siglo. Se sonreía cuando; la máquina misma le dictaba una frase sorpresiva, se mataba de risa cuando de repente lo que escribía tenía que ver con él. Se sentía tocado por su escritura, a veces, y eso eran todos sus sentimientos. 
      Después, cuando liaba sus cigarrillos y el tiempo que tardaba en fumarlos, hablaba de amor, del amor y de la guerra, del orgasmo y la muerte, como si hablara de las compras en el supermercado que él mismo realizaba, claro está, desde su silla, por teléfono.
     Mirándole parecía mentira que ese hombre hubiese podido ser movido, alguna vez, por algún deseo. Más bien parecía puesto ahí para mostrar lo superfluo, lo vano del desear. Sin embargo, él había hecho gozar a las mujeres más importantes del siglo, y una, al mirarlo, se preguntaba cómo lo habría conseguido.
     Tanto he vivido, decía Evaristo, que más de 100 hombres habrán de vivir para vivir lo mío, y todo hubiera transcurrido así durante siglos si a josefina no
se le hubiera ocurrido averiguar qué cosas pasaban por la mente, por el alma de ese hombre. Todo el mundo lo temía; él, por su parte, temía a todo el mundo. El encuentro de esa manera no sería posible.
     Josefina llegó una tarde de verano y se sentó frente a Evaristo, que sin levantar la vista dijo:
     -¡Hola!
     y siguió escribiendo, más de cuatro horas. Cuando separó con delicadeza la máquina de él y comenzó a liar un cigarrillo, ella aprovechó para decirle.
      -Soy josefina, con la cual seguramente alguna vez habrás soñado. No exactamente la mujer de tus sueños, más bien una mujer capaz de un sueño en silencio, en quietud. Algo así como ser de tus sueños la parte importante que no se ve.
      Evaristo sonrió, se quitó los lentes, volvió a sonreír francamente, y le dijo:
      -Yo soy Evaristo, el muerto que habla, y es por eso que he dejado de soñar.
       Ella se quedó callada y sentada frente a él, otras cuatro horas, mientras él caía una y otra vez sobre la máquina, se podría decir, sin ninguna piedad. Ella, con una cara de triunfo de haber encontrado por fin alguna solución a la situación creada, le dijo:
       -No soy tus sueños, soy la quietud más íntima que te impide soñar.
       Y se levantó y se fue. Evaristo no intentó detenerla, pero después del golpe de la puerta al cerrarse, escribió
I' en un papel a mano, yeso era siempre en él una prueba t de amor: esa mujer nunca fue amada como correspondía.
      Tal vez, tal vez...
      Josefina, una vez en la calle, se dio cuenta que eran
las cuatro de la mañana, esperó un rato, y al ver que no venía ningún taxi y que unos jóvenes drogadictos se acercaban a ella peligrosamente, volvió, porque llegó a pensar que era mejor enfrentar la locura con Evaristo que la muerte con esos cerdos drogados con mierda.
   La puerta estaba abierta, pero Evaristo no estaba en la silla y sobre la máquina una página escrita con mayúsculas decía: HE SALIDO A LA CALLE  DISFRAZADO DE JOVEN DROGADO PARA ENCONTRARME CONTIGO Y ASUSTARTE PARA QUE VUELVAS.
   Josefina se dejó caer, casi desmayada, en la silla donde habitualmente estaba sentado Evaristo. Se fue reponiendo lentamente y lentamente, pero con lujuria acariciaba los costados de la máquina.
    ¿Qué goce exquisito y misterioso -se preguntaba Josefina- sentiría este hombre para pasarse tantas horas haciendo lo mismo? Sus manos se fueron dulcificando como si acariciaran el cuerpo del hombre deseado, y decidió también ella sentir ese goce, aunque después eso la esclavizara para siempre, y entonces escribió:
    QUERIDO:
    Mis manos tiemblan cuando trato de imitarte como
  una mona y divertirme con tus juegos. No sólo me , tiemblan las manos, sino que también me tiemblan las manos y las vísceras más nobles, también, me tiemblan. Seguramente, cuando le cuente esto a mi analista me dirá que yo no he perdido las esperanzas de ser un hombre y, sin embargo, ¡qué mujer que me siento escribiendo, nunca tan hembra, tan independiente de mi sexo!
    Sé que habrás hecho esto mismo por algunas otras mujeres, pero eso en lugar de volverme loca, como me pasaría en una situación normal, contigo me da confianza. No ser la primera me llena de confianza. ¿Qué endemoniada red será tu quietud, que sin haber tocado tu cuerpo, sin haber sostenido tu mirada ya estoy enamorada de no sé qué me hiciste sin hacerme nada?
     Deseo que aparezcas y que me veas escribiendo en tu máquina, y deseo que nunca más aparezcas y, entonces, yo haría que vendría a verte y me sentaría en la silla de la máquina e intentaría arrancarte de algunas de las letras, y sería el alma del poeta mi alma, pero me excitaba más, al mismo tiempo, la idea de ser sorprendida por ti gozando de lo que yo atribuía tu goce.
     Mientras escribo no sé si romperé lo escrito o lo dejaré en la máquina para que tú lo leas, y si Dios quisiera me puedas contestar. Una respuesta tuya, cualquiera fuera, a mi pequeña carta, sería para mí maravilloso, algo así como, por fin, haber encontrado un destino.
      Tal vez puedas permitirme venir a contarte alguna vez por semana lo que pasa en el mundo. Podría pasarte algunos poemas, hacerte la comida y entonces, conmovido, me dejarías sentarme en tu silla y escribir en tu máquina y ya lo sé, nada de besos, nada de movimiento continuo..
      Porque el muerto que habla ya ha hecho el amor , ahora está haciendo las historias de ese amor. Te prometo que cuando mi cuerpo moleste se lo entregaré al  mejor postor y volveré liviana para encontrarme contigo
y hablar dejando muerte y cuerpo de lado, y tú al final de la historia te darás cuenta que no molesto para nada y me dejarás vivir contigo.
   Espero no habenne excedido, espero que entiendas que es la primera vez que lo hago de esta manera. y que si no hubieras desaparecido disfrazado de joven drogado, a mí jamás se me hubiera ocurrido sentanne en tu silla para escribir en tu máquina. Amo tus manos y aunque no deba, deseo ser acariciada por tus manos. Agiles manos de miel y acero finne, capaces de transformar mi cuerpo en luz. Estoy contenta, debo dejarte ahora, iré- a trabajar con mis pacientes.
     Agradezco con humildad tu ironía.
                                                            Josefina

    P .D. En los espacios de la escritura intenté leer tus papeles esparcidos por la mesa, mucho no pude, por un tonto pudor, pero lo que llegué a leer me impresiono de una manera tal que me puse muy triste pensando por qué esos poemas no estaban aún publicados. Que ignorancia, llegué a preguntarme, acerca de tu escritura, o bien qué egoísmo conociendo su valor, hacía que  guardaras esos poemas casi al borde del cesto de la  basura. Dejé de leer, pero me prometí a mí misma hacerte publicar lo más rápidamente posible esos versos y que a la larga serían un bien para la humanidad toda. Me voy más abierta, con belleza interior, eso se me  notará en la vida, eso me hará volver .
        Droga dura, tu máquina, se prueba una vez y ya no I
se puede dejar, ahora tengo miedo de que te enojes, que nunca más me lo permitas, aunque ya sé, que tú lo dices, que la libertad no se negocia ni se pide, si alguién la quiere para algo debe tomársela, y con ello correr los riesgos de lo que significa la libertad. Sin embargo temo tu no, como un no interior, más fuerte que cualquier pensamiento, cualquier acción. Es por eso que antes de dejarte te pido un sencillo favor. Contéstame, dime algo, aunque más no sea que no sirvo para nada, así, por lo menos, tengo a qué oponerme. Tu silencio podría matar todas mis ilusiones, es decir, tu silencio me mataría. Porque nada es una mujer sin ilusiones de ser otra cosa.
       Perdona la molestia de leer lo escrito, aunque por momentos pienso que no leerás ni uno solo de los renglones de mi carta y que no existes tal cual yo te imagino, y eso me desespera. Tu respuesta, fuera cual fuera, será sorpresiva para mí ¿Cómo saber lo que me dirás cuando ni siquiera sé lo que te digo? Espero tengas conmigo todas las consideraciones posibles.
        Me despido, recordando tus manos escribiendo.

                                                              Josefina

        Josefina, antes de abandonar la máquina, besó sus propias manos y acarició con suma suavidad todo el  teclado. A pesar de no haber dormido toda la noche, los pacientes la vieron joven y fuerte, y ella, que ya no tenía tanta necesidad de hablar, dejó, por fin, que sus pacientes le contaran sus problemas.
         Escuchó que hablaban de ella hablando de otra cosa, y algo comprendió de lo que a ella le había pasado con Evaristo. El problema era que Evaristo no era su psicoanalista y quién sabe si no era sólo un sueño, y ahora cómo contarle a mi psicoanalista que lo que no me pasó con él en quince años me pasó con un escritor en una sola noche.
   Uno de sus pacientes, Walter, creyó escuchar en su tono de voz que ella le decía, sin escritura no hay transmisión, y eso que él había escuchado decir a ella, aún en los bordes de una alucinación, era muy importante para él en su condición de candidato a psicoanalista de la Escuela de Psicoanálisis donde ella, Josefina, era uno de sus miembros fundadores.
    Walter sabía-, pero no sabía, le pasaba como a las histéricas de Freud, por eso cuando quiso decir lo que pensaba no lo dijo bien.
-¿Usted, doctora, por que irá a poder lo que no puede ninguna mujer o muy pocas? , a ver ¿por qué? A ver, ¿qué es una mujer? ¿Qué es una mujer? Vamos, dígame algo.
     -Algo le diré -y después de un brevísimo silencio-, usted, Walter, no es una mujer. Continuamos la próxima.
     Walter abandonó la sesión medio anonadado, un temblor interior le acompañó todas las primeras calles camino a su consulta, donde él, a su vez, oficiaba de psicoterapeuta. De golpe se pegó en la frente con su mano derecha y dijo en voz alta, a riesgo de que algún transeúnte le escuchara:
      -Esta hija de puta se ha comparado con Freud y me ha tratado de histérica, ¡si será bruja!
      Cuando llegó a la puerta de su consulta, moviendo la cabeza de un lado para otro, como si todavía no aceptara lo que comprendía, Sofía lo estaba esperando.
       Sofía tenía sesenta años, pero conservaba intactos todos los mecanismos de la coquetería y el arte de todas las divinidades femeninas.
  -Hoy llegó tarde usted, doctor -y todavía mientras Walter abría la puena, ella murmuró lo suficientemente alto como para que él escuchara-: hoy a lo mejor el que me necesita es usted.
   Y continuó durante el pasillo camino a la sala. -¿Algún desencuentro amoroso, o está preocupado por lo de Chile? Walter no contestó, pero sintió que la vieja acenaba con todas. Tenía mal de amores, Silvia había comenzado a tener relaciones con Gustavo, y él mismo había mirado con más deseos, en la última fiesta, a la amiga de Silvia, Ester, que a la propia Silvia. Estaba realmente preocupado por Chile. Chile era el paradigma del sufrimiento, de los horrores del infierno latinoamericano. Claro que estoy preocupado por Chile, y además hoy necesitaría una mujer que en lugar de interpretarme me consuele.
    -Si, Sofía, la escucho...
     Sofía siempre hablaba para la televisión, para los grandes públicos, siempre hablaba serena y pronunciaba todas las palabras.
    -Si, si yo hablo, usted me escucha, y si yo no hablo, ¿qué es lo que hace el doctor? Piensa que lo pienso, que trato de hallar palabras entre miles que alegren su joven corazón. Pero no, cuando callo, nada hay en mí. Cuando el silencio, la muene, ¿comprende, doctor? Pero son tonterías, no sé si debo hablar esto con usted. Si usted fuera una mujer, tal vez todo sería más fácil. Pero un hombre joven, que le va bien en la vida, con tantas ganas de vivir, no creo que pueda ver las cosas como yo
las veo. Todo lo que amaba está muerto. Soy la úmca que vive de mí, por eso vengo a verlo, que bastante trabajo me cuesta contarle mis cosas a un desconocido, pero así me lo dijeron, el doctor Walter es capaz de conversar con quien aún pudiendo hablar ya no lo desea, y yo sentí que entonces, si usted era capaz de eso, era un especialista de mi caso, por eso vine a verlo.
     Y es verdad que con usted hablo, ya veces hasta me vienen ganas de hacer el amor, pero eso solo me pasa aquí, y sólo cuando usted tiene ganas de escucharme, quiero decir, cuando usted me espera, y yo toco el timbre y usted responde rápidamente, como si me estuviera esperando precisamente a mí. Y eso, sencillamente, eso es toda la energía que usted me da.
     Cuando salgo de aquí esas tardes donde nuestros encuentros son inolvidables, me siento joven y soy capaz de entrar en una discoteca o fumarme un porro sentada en un banco de la plaza de España. Cuando me quedo fumando en la plaza siempre pienso que usted me irá a sorprender y me dirá con voz queriendo ser severo:
      -¿Pero qué está haciendo aquí, Sofía?
      Y yo le diré:
       -¡La libertad es libre! Pero también le daría las gracias, porque yo no sabía que usted tanto se preocupaba de mí. Cuando estoy en una discoteca y me no con la música o invito a alguno de los jovenes, que siempre me rodean, con una copa, pienso que usted se va a poner contento de que yo me divierta un poco en lugar de estar pensando en mis muertos. ¿No se habra aburrido? ¿No se habrá quedado dormido...?
       -No -le contestó Walter-, todavía estoy vivo, podemos continuar la próxima.
       -¡Temprano! -dijo ella cuando le dio la mano para despedirse.
       -Gracias -le dijo Walter, y ella, todavía sonrió antes de que él cerrara la puerta.
        Walter se quedó pegado a la puerta hasta escuchar el ruido del ascensor, luego cogió el teléfono e intentó hablar con alguien, algún colega, alguien. Intentó con Sergio, con Jorge, con Ester, con Silvia, y no consiguió nada. Estaba raro, nervioso, fue a la cocina y se sirvió una copa de vino, se la bebió de un trago. Estaba excitado, la sonrisa última de Sofía le había encantado. Antes de atender a su próximo paciente todavía tuvo tiempo de reflexionar sobre qué situaciones eran ésas donde uno era vaya a saber quién para sentirse enamorado de una mujer de sesenta años, que padecía de una fuerte tristeza por haber perdido a toda su familia en la guerra.